Los barrios al pie del fogón

Ya estamos en diciembre, pero lo raro es que muchos y muchas no sabemos en qué momento hemos llegado a fin de año “Pero ¿cómo? Si hace unos meses era marzo…”. Lo cierto es que mucha agua ha corrido bajo este puente llamado 2020, y una de las cosas que mas nos resuena producto de esta pandemia es la descarada forma en que la emergencia de salud pública vino a poner sobre la mesa heridas abiertas de nuestro país, pero que ya casi pasaban por debajo de nuestro radar por lo tristemente comunes que eran… las necesidades y las carencias de los ciudadanos y ciudadanas.

A fines de mayo, el exministro de salud Jaime Mañalich confesaba en televisión abierta que “hay un nivel de pobreza y hacinamiento del cual yo no tenía conciencia”. Esto no hace más que cristalizar una realidad que parece ser norma en el gobierno: están completamente desconectados de la realidad nacional. Pero la desafortunada —y honesta— frase del exministro no solo es una muestra explicita del distanciamiento entre las cupulas de poder y las personas de nuestro país, sino que también trae consigo otra realidad, una de la que el estado no se ha preocupado. En Chile se pasa hambre. Las cuarentenas, el desempleo y las malas condiciones generales para la vida en los barrios más desfavorecidos del país han sido testigos de cómo la pandemia ha golpeado duro. 

Pero de esta necesidad, de esta emergencia, es de donde uno de los gestos más combativos y políticos ha surgido. La olla común en Latinoamérica siempre ha nacido desde la carencia y desde el olvido estatal. Hoy, con una crisis sanitaria y un gobierno incapaz de gobernar para los que lo necesitan, las ollas comunes han sido uno de los ejes centrales para el fortalecimiento del tejido social en cada territorio. 

Uno de los mayores gestos de solidaridad y de comprensión es el compartir de la comida en tiempos de necesidad. Y la organización de cada junta de vecinos, de cada agrupación, de cada asamblea por ese fin es una muestra de que, quizás, desde el 18 de octubre sí que hubo un cambio en la mentalidad de los chilenos y chilenas. En Villa Alemana se pudieron identificar 13 ollas comunes al 20 de septiembre; todas ellas ubicadas en la periferia de la comuna. Pero estos espacios no son solamente para ayudar al vecino o vecina que lo necesite, sino que también son espacios profundamente contestatarios ante el olvido de los de siempre.

Estos espacios nos hacen pensar que Villa Alemana ya es un lugar mejor para vivir, pero no por la dirección y el “arduo trabajo” de los mismos que tienen la política secuestrada desde hace tantos años. Villa Alemana es un mejor lugar gracias a las personas que no se quedan estoicas frente al olvido de las autoridades… Villa Alemana es un mejor lugar gracias a las personas que, incombustiblemente, dan su tiempo por el otro.

Vicente Perez – Observatorio de Encuentros Locales

 

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